El mar frío lame la tibia arena y moja mis pies ateridos de nostalgia.
Llueve dentro de mí, como llueve en la calle, como lo hacen las mujeres que me han visto llorar.
Hay tanta agua. Levanto mi copa al cielo y hago un brindis por el mundo que trasciende, en los colores que me han perseguido desde la aurora; hasta la gélida y átona noche de primavera.
He estado frente al mar y sus frescas olas; y me he estrellado veinticinco veces contra los peñones tallados de la costa, antes de ceder al cansancio. He caído en sus revueltas aguas y he deambulado por el lecho marino, convertido en espuma. He caído. Me he repuesto y te he visto más azul que nunca, plagada de trazo fino y de línea vehemente. Y me he vuelto vehemente para hacerme tuyo, para entenderte. He paseado dando saltos en los cuadrados de tu traje y me he vuelto girasol o tal vez el mismo sol; para ver lo que miras. Tus manos descansan ligeras; mientras que, tus ojos oscilan.
Ha llovido tanto y ya casi no hay viento. Mi copa terminó por llenarse de la sangre del cielo y la bebo. Lleva el mar que late; la lluvia del estío y las lágrimas de la noche. Sabe a gloria. Brindo por la trascendencia que me acoge entre sus brazos y por el morbo de ser etéreo; por el cielo que me escoge entre tanto ser muerto; por la mano que me señala; y por la sangre azul, que pronto, recorrerá mi cuerpo. Me recuesto en el sofá que, para siempre, has abandonado y no encuentro nada más que un mohoso espejo. Ahora entiendo el porqué de tu mirada pálida y triste. Ahora comprendo el porqué de tantos cuadrados y tanto azul.
La arena ya está fría y el mundo se ha quedado dormido; puedo caminar sin simular que estoy vivo; ya no dejo huellas y no hay piel que me sostenga. Solo se oye el fragor de la batalla que precede al ocaso. Miro con cuidado cada pedazo de tu esencia; y recorro de memoria las líneas de tu mano. Pinto mi rostro de blanco y mis labios de un cálido bermellón. Visto de seda. Doy mil saltos en la noche, aplaudo, sonrío, encuentro estambres y pétalos en mis bolsillos. Huyo feliz, saltando entre las olas, gritando al vacío, pero es imposible.
Hay que ser Dios para poder disfrutar de tanta agua.