Existe el camino penoso y precario.
Existe y estuve en él.
Veo la luz entrar por la ventana, salto a la calle y cruzo la ciudad; me doy, de pronto, con una gran fotografía que contiene todo lo que amo: la perfecta luz, la mano de ella prendida de la mía y un hermoso paisaje. Están todos los azules y celestes, en su lugar.
Bajo mis pies, el viento se abre espacio y refresca la cálida y familiar atmósfera. Mis manos pueden rozar el cielo y corrigen los errores.
Valió la pena la caminata. Valió la pena andar por el sendero, pese a no haberlo acabado.
Lo que no me extraña es que ella siempre esté ahí; sería anormal que no sucediera así.
Paso largo rato de pié frente a la luz y me convierto en ella.
martes, 25 de noviembre de 2008
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